Bifurcación.

El aire está, ¿qué más da?
Llego a mi sitio,
el mismo que era nuestro.
Y que conquisté con mis malditos desvaríos.
Los mismos que te hacían sonreír…
Hasta que no lo hicieron.
El aire está trabado.
Cargado alrededor de mi garganta
pues la brisa grita el silencio
de una tristeza trasmutada en nada.
El vaho que exhalo,
mis pulmones y huesos,
no lo reconozco como míos.
Se quedó en otros huesos, otros pulmones,
que ya no pueden ser míos,
ni tan siquiera nuestros.
El aire es pesado.
Cargado alrededor del hueco
entre costilla y costilla
por cuyas hendiduras
aún traspasa una cuchilla.
Aunque mi boca es muda
necesito soltar todo este amor podrido.
Incauto, le mando un mensaje,
como si se lo escribiese al mismo aire:
"No te puedo necesitar más."
Bifurcación.
*** (Realidad 117)
Mi corazón latiendo de impaciencia
pero la respuesta no se hace esperar.
"Sólo dime dónde, y espera
que ya estoy a punto de llegar".
Le indico este bar, guarida de corazones,
No sin la duda: Sé que no le mola mi hogar.
¿Quizás se arrepienta?
¿Quizás finalmente no aparezca?
Mea culpa, por responderle este antro
al ofrecimiento de ese dónde.
Idiota, pesimista de los cojones.
Pues en el primer aparcamiento
veo como estaciona su coche.
La saludo con un fuerte apretón de manos.
Rehúsa, ella insiste en un abrazo.
Paso junto a la barra, templo del lugar,
pero mi objetivo son los asientos
donde ella está dispuesta a escuchar.
Los feligreses nos observan, cuchichean,
con esa manía de marujear
creando rumores y mierdas.
Pero yo sé que nada importa,
sólo que ella acudió para estar.
Y comienzo, le cuento, expiro
todo ese aire negro
que envenena mis intestinos
y que no me deja respirar.
Rompo en lágrimas
Ella me arropa contra su hombro.
Se convierte en pañuelo,
como tantas veces hice yo.
Guarda silencio. Está.
Esos silencios capaces
de darle sentido a la realidad.
Catarsis.
Me seco las lágrimas,
Al final lo he echado todo.
No he dejado ni mierda
en mis entrañas.
El aire es puro,
y húmedo.
Fresco de respirar.
*** (Realidad 118)
Mi corazón latiendo de impaciencia
Pero la respuesta se hace esperar.
Esa desagradecida no tiene
la menor intención de contestar.
Y acabo en este bar, antro de despojos,
No sin la duda: ¿Por qué me tiene que ignorar?
No es posible; yo siempre estuve
como pañuelo ante sus lloros.
Quizás finalmente aparezca un rato.
Mea culpa, solo queda esta guarida
ofreciéndome un silencioso trago.
Idiota, optimista de los cojones.
Pues el primer sorbo te hace alcanzar
el estado de total imbecilidad.
Saludo al alcohol, ese alcohol fuerte,
¡qué grite!, para que me pueda ignorar.
Me siento en la barra, pegajoso lugar.
Mi objetivo es el asiento sin compañía,
que nadie venga a molestar.
Pero los feligreses se acercan,
con esa maldita manía de socializar,
diciendo tonterías que creen de verdad.
Pero yo sé que nada importa.
Yo no me creo ni mi verdad.
La bebida contiene la apnea,
asfixia más que el aire.
El veneno que necesitan mis venas.
Ojalá pueda vomitar en paz.
Rompo mi muda voz,
con el fin de pedir una copa de absenta
tan cargada que haga inundar
la presa que reside en mi corazón.
El barman, juzgando, sirve en silencio.
Esos silencios capaces
de arrebatarle todo a la realidad.
Náusea.
Me limpio el vómito.
Al final lo he echado todo.
No he dejado ni mierda
en mis entrañas.
El aire es denso
y seco.
Difícil de respirar.
***
Es Halloween, y el aire está cargado
de densas nubes,
de miedo e irrealidad.
¿Pero qué es el terror?
La dulce balada del dolor
que fallece ahogado,
por falta de lágrimas,
en áureo alcohol.

