Haciendo aguas mayores.
Segundo Capítulo. Continuación directa del relato: La crianza de las amebas.
Si queréis seguir el hilo recomiendo leerlo.

Andrea Rodríguez había madrugado comenzando su ritual matinal como era costumbre cada vez que se encontraba de visita en la vivienda de su novio, aquella pequeña rutina la relajaba permitiéndole afrontar con garantías el estrés de un trabajo exigente, una pareja más bien estrafalaria y las insistentes llamadas de sincera preocupación de su padre y hermanos que se acentuaban durante sus estancias compartidas con Miguel.
En primer lugar se había preparado un buen café en la cochambre de cafetera, al cual añadía una pizca de chocolate en polvo dejándole un toque cremoso y para completarlo lo condimentaba con una pastilla de aspartamo, pues el cutre de su novio no sabía diferenciar en el súper la sacarina del resto de edulcorantes; entonces se paraba un segundo frente a la flor de amor[1] medio marchita de la cocina que ella le había regalado el último San Valentín (lo que ella desconocía es que Miguel compraba la misma planta cada pocas semanas por su insistente cabezonería en no levantarse a regarla, puesto que la planta ya era mayorcita para regarse ella solita) y olía con una profunda inspiración el vapor de su taza de café de Stars Wars edición Family Guy (sin duda un capítulo digno de un Emmy en mi más humilde opinión, pero en fin, ya saben, mucho gilipollas hay en ese mundillo. Prosigamos).
Después, como dictaba aquella rutina, se había dado una buena ducha con el agua caliente acariciando su piel con cuidado de que no entrara champú en los ojos; pues ella, algo supersticiosa, lo tenía asociado al infortunio; se secó con más prisa que cuidado el pelo y se vistió con un chándal holgado con el fin de mantener apaciguado el primitivo libido de su pareja, aunque normalmente era una tarea destinada al fracaso, pues como dijo el Doctor Ian Malcolm: "La vida se abre camino".
Finalmente buscaba por los cajones del salón hasta encontrar su paquete de tabaco y se dirigía a la sala de la lavandería para fumar un cigarrillo tranquila asomada en la ventana del patio, y si podía ahumar un poco la ropa de la vecina mejor. Al entrar a aquella habitación, con su pitillo en la mano, trastabilló con un montón de ropa desperdigada en el suelo obligándose a hincar rodilla como si de una petición formal de matrimonio se tratase; su padre Julián ante este nimio gesto a unos 43 km de distancia sufrió una micro arritmia que más tarde atribuyó a los gases provocados por el estofado del día anterior.
Andrea pegó un grito desconsolado al notar el suelo húmedo y ver el rotundo y nauseabundo vertedero, donde otrora existiese un lavadero pintón, gracias al (in)competente esfuerzo del monstruo de su novio; quizás un poco exagerada la expresión "el monstruo de su novio", digamos mejor "el monstruo de su más que posible ex-novio" pensó ella. Julián Rodríguez, al que aún le dolía tibiamente el pecho, en su casa sonrió sin motivo aparente mientras se afeitaba propinándose un leve corte en la mejilla.
Mientras tanto nuestro audaz protagonista se encontraba haciendo la estrella de mar completamente destapado en la cama, pues por alguna inexplicable razón la almohada había volado hasta colarse en el cuarto de baño y la sábana estaba rociada por el suelo dando compañía a los ácaros que allí vivían fetén. El grito de Andrea retumbó y nuestro lúcido (más semejante al lucio) Miguel abrió el ojo derecho escaneando la zona circundante en busca de amenazas próximas. El olor a café llegaba hasta su napia, se subió el pantalón que ya llevaba por los tobillos cubriendo su culo hercúleo y ocultando una cicatriz en forma de hebilla que tenía desde los diecinueve años (cada cosa se sabrá cuando tenga que saberse; ni antes, ni después). En apenas hora y media Miguel se había puesto los calcetines y se encontraba completamente preparado para levantarse de la cama y afrontar la dura jornada del sábado. Andrea estaba viendo la televisión en el salón con aquel chándal holgado tan hortera.
- Buenos días amorcín.
- Veo que ayer arreglaste la lavadora. Enhorabuena. –Comentó ella con una mirada gélida que era capaz de helar hasta la bragueta del calvo de brazzers.
- Sí, la verdad, no es por fardar, pero no existe avería que se me resista. ¿He olido café? –contestó Miguel con la voz más afable que podía usar sin caer en coma por pomposidad.
- ¿Y el tema mocho y escoba?
- ¿Esa no era una canción de "La caja de pandora"?
- De los Mojinos Escozios, no te jode.
- Dime que no te has comido todos los donetes con crema.
- Veras cariño, yo entiendo que tú tienes tus prioridades y una forma de ordenar tus cosas demasiado peculiar. Pero… ¡Pero tú has visto como coño has dejado la lavandería! Joder, es una puta pocilga.
- ¡En mi defensa diré que la toalla arrugada estaba así cuando llegué!
- Toallazo el que te vía dar yo en el culo. Había tiradas trece latas de cerveza. ¡Trece! Que vale que te gusta beber, y es tu casa, estás en tu derecho; pero tanto te costaba ir a tirarlas al cubo de la basura. Son apenas diez pasos.
Miguel farfulló un "Sí, pero…" para sus adentros.
- Te juro que pensaba recogerlo, pero acabé tan tarde que me caía muerto al suelo.
- No si oler hueles como un muerto, eso no te lo discuto. Joder, Ameba, entiéndeme, ahora mismo esta es tu casa y si quieres convertirla en el museo internacional de Diógenes pues no me importa (Ideaca la del museo de Diógenes, que todo sea dicho sería patentada por Miguel un par de semanas después y que despertaría no pocas ampollas en su casero que veía inevitable que sanidad acabara decretando el piso de su inquilino como zona muerta de exclusión, estatus símil al de cierta área al norte de Ucrania donde se pueden ver tiernas golondrinas bicéfalas albinas); pero es que algún día me gustaría que viviéramos juntos, y quien sabe, tener una par de niños jugando sin que puedan pillar el tétanos por toda la mierda que vas dejando atrás. Sólo un poquito de decencia, no te pido tanto, Ameba.
- ¿Para suelos de cerámica que potingue tengo que echarle al agua? –preguntó Miguel que ya se había agenciado la escoba y la fregona ante la amenaza subterfugia de una posible progenie.
- Eres imbécil.
- A esto hay que echarle lejía, ¿no?
- Sí, y vinagre como las abuelas.
- Entonces retomo mi misión.
- No te creas que te has librado.
- No lo creo, lo sé. Cuando termine de limpiar vuelvo. ¡Pero qué ojos más bonitos tienes! –Miguel, pelota profesional y hermano gemelo del payaso de Vitroclen (o Don Limpio, o Micolor, o yo que mierda quieres que sepa sobre temas de tanta profundidad y holgura como es la básica limpieza del hogar. Si quieres peras planta un peral no un olmo, ostias).
- Pues tú eres medio bizco.
Armado con una fregona desmochada y una escoba que se desencajaba al mínimo zarandeo ya se encontraba preparado para limpiar el desastre del día anterior, todo con tal de hacer la estrategia del avestruz y esconder la cabeza bien hondo. Andrea había soltado en varias ocasiones ciertas perlas en relación a la remota posibilidad de formalizar su relación. Y Miguel con el arrojo de un tití había huido con el rabo entre los muslos; porque seamos sinceros, no hay suficiente rabo para esconderlo en tanta pierna. Miguel, que tenía el instinto paterno del padre de Nelson, no quería ni pensar en tales desgracias; sólo imaginarse a un minimiguelillo (al que llamaría Miguelañelo en honor a un personaje del cine ampliamente conocido por su gusto por la pizza y el manejo del nunchaku) por ahí dando por culo y haciendo intrusismo profesional en su rol de echar mierda por todo la casa. O peor, imagínate que uno de sus hijos decide que lo suyo es dedicarse al noble arte de la actuación erótica; Miguel jamás podría volver a ver porno tranquilo ante el miedo de encontrarse a su propio hij@ ahí, dándolo todo. Esa mera posibilidad resultaba aterradora. Los pelos como escarpias.
Miguel que tampoco era rematadamente imbécil tenía siempre preparado un plan alternativo de contingencia: Un cajón secreto debajo de la cómoda donde tenía guardado un DNI y pasaportes falsos, un anorak del chino, un móvil de prepago con algunos números guardados, una gameboy con la batería a tope, una bolsa de mantecados cerrados al vacío, una nota estándar de despedida (con especial recuerdo para su suegro deseándole un pronto descanso y deceso) y un fajo de setenta mil rublos rusos por si necesitaba desaparecer del país y comenzar una nueva vida en la Siberia más ignota.
Entró en la escena del crimen, como el culpable que era, donde el agua estancada parecía haberse hervido en su jugo, las latas de cervezas criaban moho verde y el pantalón sucio seguía tirado en el mismo punto. Aún atufaba a químicos y a un ligero olor a tabaco. Comenzó a menear el mocho rítmicamente para secar aquel pantanal. Se puso la radio para darle vidilla a la tarea. Comenzó a sonar "Cuando zarpa el amor" de Camela en la cadena cultural "Radio Olé". Instintivamente Miguel le pegó un mochazo a la radio precipitándose por la ventana y cayendo por el hueco del patio. Una voz gutural comenzó a sonar en algún piso inferior recordando a Chewbacca. Miguel responsablemente cerró la ventana y bajó la persiana, y sin aparentemente inmutarse, pero con un trauma de infancia dando vueltas en la cabeza, prosiguió su tarea ignorando el incidente.
Amaba locamente a Andrea, pero coño, que aún era joven. Ya tendría a los cuarenta –o cincuenta para asegurar- tiempo para atarse a todo ese tipo de cosas. Miguel siempre había admirado aquellas películas románticas donde una persona seguía todos los días la misma rutina, no obstante un día el protagonista decidía alterar esa tradición; a veces decide ir por un nuevo camino que no es el habitual, a veces una mirada, a veces el pecho brillando a la luz del sol como una bola de discoteca, a veces la contratación de una puta, a veces te mueres y te dedicas a acosarla en plan fantasma, a veces la secuestras y te dedicas a violarla durante 365 días, etc., y que por un golpe del destino (y de guion) este ínfimo cambio producía el cruce con el amor de su vida. Pero un amor del bueno, un amor "difinitivo", de los de cagar juntos de ancianos y ver fotos en una mecedora del jardín.
- ¿Y nunca intentaste aprovecharte del efecto del destino? ¿Cambiar algo, algún detalle?
- Ven aquí pequeño Timmy –respondió Miguel que aún debía hacerle efecto en el cerebro la inhalación de altas dosis de productos químicos la noche anterior y comenzaba a ver pequeños Timmys.- Te contaré que me ocurrió el día que yo cambié las cosas: Pues verás Timmy, ese día decidí coger una ruta nueva, cambiar de camino, por probar, y lo único que obtuve es que me atropellara un coche, sendas veces; y me robaron la cartera, sendas veces también, primero en la carretera y después en la ambulancia.
- ¿Te atropelló el amor?
- Ah, pequeño Timmy, fue un coche conducido por una octogenaria.
- ¿Y te enamoraste de ella?
- Pequeño Timmy, estás enfermo.
- ¿Pero tú le dabas?
- Hasta reventarla mi querido Timmy, hasta reventarla. Hasta dejarla como radio de pintor. Pero tú eres joven, follar por follar es la ostia, sí, pero todo eso cambió con Andrea; follar con quien amas es casi lo mejor del mundo.
- ¿Casi?
- A una buena cerveza no la gana nadie.
- Pues tú no deberías estar bebiéndote esa cerveza, está caliente.
Apuró el culillo de la cerveza que se había encontrado sin abrir encima de la secadora, calentorra y había perdido el gas, no obstante no era una Cruzcampo. Timmy ya tenía un precioso consejo amoroso. Ojalá Timmy encuentre su propia Andrea o, en su defecto, su propia Mia Khalifa.
Y entonces apareció la bomba atómica, la Yoko Ono de los Beatles, el "for the watch" de Juan de las Nieves, el gol de Sergio Ramos en el 93, la polla que aparece juguetona bajo la falda de esa "tía" con la que te acabas de liar, el chasquido inevitable, el "Cariño, te juro que es la primera vez que me pasa", el canutillo de papel pelao que te encuentras tras el tremendo pajazo, *****[2], etc.
No podía ser, no podía ser. Levantó temeroso con la fregona el pantalón del suelo unos centímetros más. No podía ser, pero era, era, ya lo creo si lo era. Miguel se puso pálido convirtiéndose en hermano gemelo del muñeco Michelin. Timmy se echó las manos a la boca.
En el suelo, bajo el pantalón sucio se encontraba, redoble de tambores por favor, chan chan chan… el portátil de Andrea, bien remojadito en mitad de un charco. Era el mismo portátil que la anterior noche su novia había estado utilizando para trabajar en el proyecto mega importante de no sé que mierda bancaria de las acciones de su puta madre y no sé que tejido industrial cósmico espacial. El mismo portátil donde ella tenía guardados todos sus documentos y todo su trabajo en general. El mismo que él, negligentemente, había utilizado para verse los videos húngaros (y alguna porno checa, ¿para qué negarlo?).
- Ay madre, ay madre, ay madre, ay madre, que no se haya mojado, que no se haya mojado mucho, joder, joder, está empapado, si hasta chorrea, ay su puta, que encienda, que encienda, que encienda, cagoen, será la batería, eso, la batería, sólo la batería, por Chuck Norris que sólo sea la batería. ¿Dónde mierda está el cargador?
- Amebón, ¿qué haces hablando solo? Eres muy joven para el ictus –se escuchó la voz de Andrea desde el salón.
- Pues tu padre tiene sesenta y que no le acaba de petar el cerebro –pensó Miguel al que le faltaban huevos para decir aquello en voz alta.
- ¿Estás bien? ¿Pasa algo?
- No, nada, de verdad, está todo bien, todo correcto –dijo abanicando como un poseso el portátil con el manual técnico de uso de la lavadora.
- ¿Necesitas ayuda? ¿Te has liado limpiando? Si es que no sabes.
- No, de verdad, es que creo que he sufrido un brote de esquizofrenia, pero ya me se pasó.
- Menos mal que no te amo por tu inteligencia.
- Sí, a todo esto, así, por saber. ¿Sabes dónde está el cargador del portátil?
- En el despacho, junto al portátil.
- Me cuadra.
- ¿Por qué?
- He pensado en verme una peli luego, para descargarla.
- ¿Qué peli?
- Peli, eh, peli, vamos lamparita, reacciona.- Miguel, en su mundo de fantasía y exceso de azúcar solía hablar de su mollera como la lámpara de donde emergía el genio, el genio de las ideas; aunque normalmente lo que salía era más parecido a Aladina.
- ¿Te has quedado sin cobertura?
- En busca del valle encantado.
- No me suena, ¿la han estrenado hace poco?
- Más o menos. ¿Oye y ese trabajo que estabas haciendo ayer?
- ¿El proyecto de evaluación de riesgos inherentes al…?
- Sí, el proyecto en chino ese, ¿te dio tiempo a terminarlo anoche?
- Te prometí que lo terminaría, y yo cumplo mi palabra, y sin armar un estercolero como otros.
- Me alegro mucho, porque era súper importante, ¿verdad?
- Dos meses trabajando todo mi departamento.
- El departamento entero, ¿dos meses? ¿Enteritos?
- Bueno, dos meses tan sólo con la elaboración de los datos; pero si tenemos en cuenta la fase de pre-proyecto, recolección y evaluación pues no sé, desde Enero lo menos. Pero al fin ya se acabó, terminado, y el martes lo presento al presidente.
- ¿Al presidente, presidente?
- ¿Estás muy preguntón? ¿Quieres que llame a la ambulancia?, empiezo a creerme lo del ictus.
- No, no, es que sin café por la mañana me levanto como subnormal, en un ratito se me pasa.
- Sí, te voy hacer café, a ver si te despiertas porque me empiezas a recordar a un teletubbie con resaca.
Miguel asomó la cabeza por la puerta de la lavandería como un perrete asomando el hocico por la ventanilla del coche, hasta parecía jadear de pura angustia. Tras escuchar a Andrea levantarse, abandonar el salón y dirigirse hacia la cocina; Miguel se dirigió sigiloso hasta el despacho poniendo en práctica las tres sesiones de prueba de ninjutsu que había recibido con diez años.
- ¡Aghhh! ¡Cago en la puta esquina! –Contra todo el dedo meñique. –Calla Migue, silencioso como una sombra debemos ser.
Entró en el despacho, recogió el cable del cargador y volvió con idéntico sigilo y presteza hasta la lavandería. Enchufó el cargador al enchufe; de ahí su nombre "enchufe", porque sirve para enchufar lo que es enchufable como por ejemplo el enchufe de un cargador que por otro lado se llama cargador porque sirve para cargar aquellos aparatos que se pueden cargar hasta cierto nivel de carga (A Miguel la angustia parecía estar acumulándosele en forma de coágulo cerebral que hacía descarrilar su pensamiento, lo que viene siendo un ictus que poco a poco se estaba convirtiendo en realidad).
Retomando, que nos vamos por Úbeda y sus hermosos cerros. Miguel enchufó el cargador y el cargador a su vez al portátil que, haciendo un Camacho, seguía exudando agua por los cuatro costados.
- Recemos para que Santa María nos salve. Santa María de Guadalupe, mística Rosa, intercede por la Iglesia –susurraba de memoria Miguel sin saber dónde aprendió aquellas palabras.
Continuando con sus oraciones esperó unos minutos que parecieron horas, finalmente la impaciencia se apoderó de su dedo índice y comenzó a pulsar rítmicamente el botón de encendido del portátil.
- Por favor, por favor, enciende pedazo cacharro de mierda.
Entonces comenzó a aporrear todos los botones. Ni un atisbo de vida, la pantalla permanecía más negra que el culo de Myke Tyson.
- Pues la hemos cagado Miguelito, la hemos cagado pero bien cagada.
- ¿Le echo leche al café? –gritó Andrea.
- Leche la que tú me vas dar.
- Si no hablas alto no te voy a escuchar.
- Amor mío. Con mucho Bayleys, cargadito.
- ¿Un carajillo? Es muy raro en ti.
- Pues si al carajillo le quitas el café, aún mejor.
Mientras Andrea silbaba distraída preparando un cremoso cafecito, Miguel se dirigió al dormitorio donde esquivando varios criaderos de Pelusillax Mugriensis pudo llegar hasta la cómoda, con un sutil movimiento retiró la tapa inferior donde estaba guardado su plan de contingencia; para su desgracia comprobó que el pasaporte falso llevaba varios años caducado, así que con un suspiro de desesperación desechó la idea de una nueva vida en la amada patria Rusia criando trotones y guardó los restos del portátil en dicho lugar. Se echó en la cama dejándose llevar por el tiempo. ¿Cómo coño salía de ese atolladero? ¿Confesárselo a Andrea y rezar para que ella no le operase de fimosis sin anestesia con el cuchillo de cortar el pan? ¿Olvidarse de todos los problemas y cogerse una pea a base de bayleiys? ¿Llamar a su madre para que viniese a acurrucarle en la cama y cantarle la sintonía de Dragon Ball como si se tratase de una nana? ¿Abonarse al Atlético de Madrid esperando ganar algún día la champions? Todas las ideas eran cuanto menos absurdas. Divagaciones, no obstante lo único que tenía en claro es que le aterrorizaba salir de esa habitación y afrontar la realidad: El ordenador había muerto y había arruinado toda la carrera y el futuro de la mujer de su vida. Lo cual a su vez conllevaba otra terrible ramificación, no volvería a follar en la puta vida. Y para nada le apetecía ver la mirada de superioridad de su suegro susurrándole: "Mascachapas".
Su mundo se estaba desmoronando. Podía perder a la mujer de su vida, su equipo de fútbol estaba en zona de descenso a trece puntos de la salvación, Mia Khalifa anunciaba su retiro profesional y la crême de la crême de la sociedad, lo mejor de la generación, los youtubers, abandonaban la madre patria buscando tierras mejores y prosperas en la inhóspita Andorra.
- ¡Qué se está enfriando!
Cogió un puñadito de voluntad y se dirigió a la cocina donde su chica parecía algo más receptiva. Ahora la veía de una belleza casi divina, como el reo que observa un amanecer por última vez a través de los barrotes. Miguel era incapaz de mirarla a la cara.
- ¿Puedes dejar de mirarme las tetas?
- Es que son tan bonitas. ¿Puedo tocarlas? -preguntó con voz de cordero degollado en un vano intento de darse al menos una última despedida como Dios manda.
- ¿Has limpiado el cuarto?
- Si hasta se te marcan los pezones. El derecho me está llamando
- Empanao, atiende. Estás un poco rarito hoy.
- Es la insoportable levedad de mí ser.
- Mira, el porno te está friendo la cabeza. Tómate el café que se está quedando helao, que falta te hace –dijo acercándole su taza favorita, la de Star Wars; una que en sus años mozos había robado en el cibercafé del "GordoMaster", junto a su, por aquel entonces, inseparable amigo Gonzalo.
Y durante un breve instante, comenzó a frotársela (la lámpara del genio, obviamente). ¡Gonzalo! Ese maldito gordo friki de los cojones y amigo íntimo del alma. Gonzalo era un maldito viciado de la informática y un experto sobre hardware. Si alguien en el mundo podía arreglarle el portátil (y a poder ser baratillo) era él. O al menos salvar su contenido. Con una sonrisa de bobalicón (oséase, la que tenía siempre) besó a Andrea, se bebió de un único sorbo el café produciéndose quemaduras de tercer grado en lengua, boca y esófago, hizo un "boing boing" rápido con los senos de su chica y se fue para el dormitorio.
- ¿Adónde vas corriendo? ¿No iras a cascártela después de tocarme las tetas?
- Me acabo de acordar de algo superurgente cari.
- ¿Qué carajo te pasa? ¿Has vuelto a meterte estimulantes para gatos en el agua? Amebón, respóndeme.
- Nada de eso, juro que llevo un año (meses más bien) sin tocar la hierba gatera. ¿Recuerdas a Gonzalo?
- ¿Con el que sales cada puta semana para llegar a tu casa borracho como una cuba y con el que me dejaste tirada para ir ver el estreno de "El Hobbit" porque sólo lo echaban en 3d el mismo día de nuestro aniversario?
- Ese mismo, pues resulta que me ha llamado, que la tiene liada con su novia.
- ¿La rumana esa borde?
- Búlgara, es búlgara.
- No, si vulgar es un rato. ¿Y qué le pasa?
- A eso voy, a enterarme.
- ¿Cómo que te vas? ¿Te estás cachondeando de mí? –increpó agrandando sus fosas nasales a un tamaño símil a una ciruela y llegando al nivel tres de riesgo de explosión volcánica, cómicamente simbolizado con un semáforo en ámbar.
Viendo el peligro inminente Miguel se detuvo un momento conteniendo su excitación (no sexual) inicial. Está parte del plan la tenía escasamente madurada, lo que su madre llamaba "Tener las ideas verde pollo chillón". Miguel, que tenía un primo vidente en Alcobendas, adelantándose a los pensamientos de Andrea optó por una estrategia elegante y sencilla. Volvió con ella a la cocina y la cogió tiernamente de las manos. Ella le hincó las uñas en las palmas al tiempo que mascullaba maldiciones en latín.
- Es sólo un momentito, lo justo para calmar la curiosidad. Además tenía que salir de todas formas a comprar algunas cosas, ya sabes, te dije que hoy cocinaba yo. Tengo una receta en mente que vas a flipar y necesito algo, uhm, un poco afrodisíaco, ¿recuerdas que también tenemos que follar como actores porno? –explicó más tenso que Ironman en un poblado rumano.
Ella inspiró con profundidad sopesando cada una de las mentiras que sin ningún tipo de vergüenza le acababa de soltar. Ella en un acto de inentendible comprensión e ingenuidad pareció calmarse. Semáforo verde. Vuelta a la tranquilidad.
- Esa idea sí me gusta más.
- Sólo tengo que coger la cartera del dormitorio y salgo, ¿vale? Tú mientras depílate bien ahí abajo que no quiero parecer George de la jungla.
- Eres el hombre más romántico del mundo, con diferencia.
- Lo sé –Miguel, el hombre que no captaba las ironías.
Andrea se dirigió al cuarto de baño canturreando "Son de Amores" de Andy y Lucas (No estaréis esperando que haga un chiste en pleno 2021 sobre quien es Andy y quien es Lucas. ¿Pero me tenéis por un carca?). Miguel se secó el sudor de la frente con una hoja medio marchita de la maldita flor de amor de la cocina. Le produjo un eccema en la frente. Buscó su mochila y metió en ella el portátil estropeado. Y sin mayor dilación salió escopeteado del piso.
Volvió a los cinco minutos cuando en el portal su vecina sexagenaria Eulalia comenzó a golpearle con el bolso y a azuzarle a su "Aznarín" (en honor a un humorista, politólogo y modelo de bigotes de fama mundial), un Bichón Maltes con mucha mala ostia que parecía una fregona vieja a la que alguien le había hecho la permanente. Al parecer Miguel había bajado en pijama, y este en concreto parecía transparentarle lo que viene siendo la zona del escroto, exhibiendo una hermosa estampa. Una vez vestido como un hombre decente (y más bien insulso) salió por la puerta (no, si quieres salé por la ventana columpiándose en su telaraña como Spiderman).
Pero, pero, pero... No hay paz en la casa del herrero. O alguna mierda así, la verdad Miguel nunca prestó atención al refranero popular.
- ¡Un momento, Ameba! -¡Mierda se había dado cuenta! Llegaba la poya.
- Po ya que sales podrías comprarme algo de té rojo. ¡Ya sabes lo mucho que me chifla!
- Por supuesto cariño -dijo recolocándose metafóricamente los huevos en su sitio tras descubriendo por primera vez aquella faceta de su compañera sentimental.
Está vez Miguel sí salió de casa debidamente preparado dándose el lujo de volver a saludar a su vecina y a Aznarín, este último le enseñó los dientes con cordialidad. En la plaza de minusválidos tenía aparcado su flamante Fiat Uno blanco del 95, cinco puertas, una pieza de coleccionismo (por no llamarlo cascarria) que hacía el deleite de todos los vecinos cada vez que lo arrancaba, pues el motor parecía que estaba a punto de explotar, el Carrero Blanco lo apodaban no sin mala leche. Sin duda era un apodo a la altura de su vehículo.
En un cuarto de hora (y varios amagos de asfixia por CO2, pues el coche debía tener alguna fuga) estaba en la periferia de la ciudad donde residía la madre de Gonzalo con su hijo acoplado, con sus buenos huevos negros por la edad. Su mente se descarrió un segundo: "¿Pero Andy era el gordo y Lucas el flaco, o al contrario?"
Aparcó en un vado permanente y se acercó entre las jambas de la entrada donde tocó el timbre. La madre de Gonzalo abrió en camisón y con los rulos en el pelo.
- Muy buenas Gema, ¿está su hijo Gonzalo en casa?
- Dónde iba estar si no ese vago redomado. Espera aquí que le aviso.
Gema cerró, aun así la puerta era de las baratas, de chapado y aglomerado por lo que su aislamiento sonoro era insuficiente, pudiéndose escuchar perfectamente la expresión: "Está aquí el inútil de tu amigo" y "Ni se te ocurra prestarle dinero a ese parasito". Un minuto después Gonzalo se personó ante él. Un extraño engendro entre morsa y humano al que un biólogo chiflado había tenido bien en enseñar a hablar y al que colgaban dos legañones en sendos ojos, por supuesto se había presentado con unos calzoncillos de Raruto Sisepuede, una camisa del Lidl y unas pantuflas despeluchadas de Cobi 92 (no confundir con Covid 19).
- ¡Qué bueno Cabesa! Muchachio, cada vez te veo mejor, más feliz. Seguro que has tenido una mañana de puta madre.
- Tus muertos también.
- ¿Qué te pasa rufián? Te veo muy encabritao. Entra y me lo cuentas que la "máma" ha preparado magdalenas. -¡Cómo lo conocía! Por algo era su colega de mayor confianza.
- ¿De chocolate?
- Cabesa, tú entra y desembúchamelo toito to. Seguro que se puede hacer algo. ¿Cuándo te he fallado yo?
[1] Anthurium Rojo
[2] Aquí había una referencia al holocausto nazi, ¿pero qué clase de monstruo judío sería si no me autocensurase?

