Intruso.

21.04.2025

Me arrastran al local. No voy convencido; empero insisten, persisten, infligen, infringen; y yo, manso, oveja bajo el umbral del matadero, decido seguir a ese autoimpuesto adalid tan decidido. ¿Quién soy yo para objetarle? ¿Quién soy yo para no obedecerle?

Penumbra, y luces danzantes, un calidoscopio que daña la vista. Olor, una mescolanza de sudor, bilis y alcohol amargo que destroza las napias. Ruido, excesivo. Lo llaman música; pero sólo es un estruendo, un grito. Y espero que sean capaz de aguantarlo mis oídos. Suelo odiar ese acto arrítmico de bailar. Hoy no es la excepción, soy la estatua entre la marabunta. Sin embargo me miran. Todos miran. Diseccionan mi rebeldía. Ellos bailan y continúan observándome, y sus ojos gritan con una sutileza brutal: ¿Por qué tú no? ¿Es que te crees especial? Me acusan de bicho raro, de anatema, de herejía.

Me muevo. Incoherente, incongruente, apático. Parezco los estertores de un pollo descabezado tras ser decapitado, esperando en los postreros la cazuela, dando con sus entrañas al caldo. Me atrevo a llamarlo baile cuando tiene más de ataque de pánico, de huida cobarde hacia delante. No obstante da el pego. Parezco -o tal vez soy- un borracho. Un cordero entre demasiado rebaño. La gente. Que exceso de humano. Repegados. Parecen compartir todos un mismo cuerpo, violación de sus cadáveres. Masa informe. Coagulación de vísceras, huesos, nervios y carne. Una extraña aberración de la que únicamente yo parezco percatarme.

Un roce, inevitable. Soy incapaz de evitar el contacto. Mis codos y mi espalda colisionan cada instante con el cuerpo de otro. Advierto mi alteridad. Y yo, necio, ingenuo, infantil, me pregunto: Quizás esté tocando a una mujer. Me consuelo con algo que ni siquiera tengo por cierto. Y no me atrevo a girar la cabeza para comprobarlo. No me atrevo a romper mi ilusión por esa extraña forma de milagro. Cicatrizo, soy uno con el coágulo.

Bailo, ejerciendo de paloma. Me traen una cerveza. Es una invitación de un buen colega: Me sirve una Judas. Dos tragos. Amargos. Fuertes. La vida es intensa. Y aquel néctar se convierte en fiel placebo. Traen otra, no me apetece. Condescendiente, trago sin rechistar. Me sabe a alquitrán y aun así brindo con una sonrisa. La máscara de los ebrios. Mi bamboleo arrítmico pierde fuelle y el estruendo no acompaña. «¿Cómo les puede gustar a todos este escándalo al que llaman música? Sus cerebros devoran esta mierda con ansias, con furia. Es un mundo de coprofagia.» La canción de fondo esconde, destroza, aniquila, mis palabras. No suelo hablar. Los tontos hablan. Como loros con lenguas largas. Y aquí la gente parece esforzarse en gritar al oído. Yo no tengo nada que decir. Y soy incapaz de escuchar. ¿Cómo lo hacen? ¿Qué demonios se estarán diciendo? ¿Cuánto fuerzan sus cuerdas vocales para imponerse al ruido? ¿Qué será tan importante para merecer la pena el esfuerzo?

En un instante lo veo. Una chica. Esa chica. La chica. No es especialmente guapa. Quizás sí, la Judas es de alto octanaje y sube rápido hasta la mollera. Bajita y tiene poco pecho. Su vestido es algo hortera. En cambio a mí me parece adorable. Creo que ella me mira a mí. Y hasta me atrevería a decir que con interés. Como si ella estuviese evaluando mi potencial. ¡Debe ser porque tengo potencial! Y de sopetón esa ilusión. ¿Quizás ella también se ha fijado en mí? Al fin, libertad tras estar escondido en(tre) tantas miradas.

Me engaño, iluso, prefiero mantener viva aquella atroz quimera. No obstante ella únicamente ve en mí otro buitre más buscando jugosa carnaza que llevarse al pico entre tanta bandada. Otro muerto de hambre más. Ciego, no sé leer las señales. Yo me acerco a ella. Y el destino me demuestra que tiene otros planes: De improviso aparecen dos tiparracos. Dos malandrines. Dos criminales del ego. Valientes, decididos, sumamente atractivos. ¡Hasta tienen cara de malos! ¿Cómo siquiera puedo pensar yo, un pazguato, en competir con ellos? Doy un paso atrás, vuelvo condescendiente a mi rincón. Meneo las piernas para que la abulia no venza la guerra, mas parece estar ganando batalla tras batalla, trinchera a trinchera, disparo a disparo. No existe suerte que la contenga.

Este ruido que me martillea los tímpanos. Yunque y martillo. ¿Cómo coño les puede gustar esto? Reniego de todos, me aíslo. Ansío la soledad entre demasiada compañía. El móvil cumple su función. Busco. Nadie me busca. «Así debe ser» me digo yo. Frente a mí una pareja baila. Se exhiben, exhiben todo cuanto dan, todo cuanto tienen, todo cuanto reciben. Ella ofrece, él sólo necesita que le ofrezcan. Yo, pésimo oráculo, observo: «Sin duda ese podría ser yo». No obstante no soy yo, nunca soy yo, nunca fui yo, nunca seré yo. Yo soy el voyeur, quien no participa en ese arte de la vida. Ellos bailan y yo observo con detenimiento -detenido en indigesta envidia-. Ejerzo de babosa. Al fondo dos chavales se besan intercambiando sus alientos, comparten sus entrañas. Intercambian buenas trazas de vida. Yo soy incapaz de ponerme en su lugar, de sentir empatía por ellos. Soy expatria de los labios. Soy un animal despellejado incapaz de ponerse en la piel de cualquiera.

Interrumpo aquel misterioso ensimismamiento. La extenuación toma de golpe el relevo. ¡Pero qué harto me tiene este endiablado griterío! Un colega aparece, bailando, dándolo todo, tiene fuelle para rato. ¿De dónde sacará esa energía que me es tan esquiva? Le sigo con un amago. Intento un último esfuerzo de ejercer la imitación. Resultado: Un -otro- fracaso. ¡Joder! Yo sólo quiero salir de aquel antro aunque sea un rato.

Le susurro a alguien, al primero que se me cruza, que salgo a tomar el fresco. Él no me ha entendido, pero afirma con un gesto. Y yo, mentiroso y escultor de los embusteros, al salir por la puerta ya nunca vuelvo.

-L 

¡Crea tu página web gratis! Esta página web fue creada con Webnode. Crea tu propia web gratis hoy mismo! Comenzar