La posada de Cuervo Negro.

El traqueteo de las ruedas sobre el barro y el empedrado deteriorado de aquel augusto camino era el único ruido capaz de quebrar el sepulcral silencio que reinaba en aquel carro. El conductor dirigía a aquella bestia anciana que parecía asustarse a cada paso, como si la fragancia del bosque al caer la noche trajera presagios que sólo los animales son capaces de descubrir. Con todo la carroza avanzaba llevando sobre ella a sus variopintos pasajeros, más les valía llegar a tiempo a Zaragoza para cumplir con los menesteres que los reclamaban, sea cuales fuesen.
En la trasera un joven mozo hablaba asustado con su señor, un mercader que disponía de un lucrativo contrato de pieles y cuero en la capital que no podía dejar escapar, tan urgente como para aventurarse por caminos condenados al estigma de maldiciones y embrujos. Por suerte aquel caravanero parecía no creer en supercherías e impelido por tres vástagos le reclamaban algo que llevarse la boca; renunciar a plata fácil era la auténtica maldición.
- Pero vuesa señoría no se da cuenta, ni siquiera las aves nocturnas se atreven a cantar. Y diría que la luna ha desaparecido del cielo. Las ancianas dicen que este bosque esta corrompido por el mismo diablo. Hágame caso, bajémonos de esta carroza del infierno y volvamos al pueblo. Tiempo hay de…
- Calla, calla. Tú lengua corre casi tan rápido como tus piernas. No seas cobarde alfeñique. Si no quieres que te caiga una buena azotaina no debes olvidar quien manda aquí y cuál es tu trabajo. No quiero escuchar más tonterías de encantos porque la noche sea cerrada. Y queda todo dicho.
Por su parte solitario un joven clérigo vagabundo que dedicaba sus tiempo al estudio de la fe y la teología, así como a la picardías, la mala vida y algún que otro subterfugio para subsistir en el costoso camino del buen vivir y el vivir bien; agazapado parecía rezar en susurros bajo una sotana parda raída, llena de mugre y algo de sangre de alguna que otra infortunada reyerta. Si bien en realidad trataba de no marearse, pues los tambaleos del carro le provocaban náuseas y malestar. "Ay Dios mío, juró que es la última vez que bebo tanto vino antes de un viaje". Promesa vana, pues tampoco recordaba cómo había acabado en aquel carromato; lo último que alcanzaba su memoria era la bota de vino que trasegaba junto a unos cuantos haraganes en un huerto de calabazas del monasterio. "Los caminos del señor son inescrutables."
Pero sin duda la más extraña de aquella cuadrilla de pasajeros era aquella mujer, de complexión recia y robusta, de manos tersas y blancas símil a la porcelana, y túnica de un rojo difícil de conseguir con las técnicas de tintes habituales, eran unos ropajes de una alcurnia para aquel carro indigno. Aquella mujer atosigaba constantemente al conductor, sus prisas por llegar a la ciudad era notoria y nunca parecía contenta con el ritmo del vehículo.
- Mire señora, si tan mal vamos le cedo las riendas y la vara y usted se encarga de azotar al animal. ¿No ve como está el camino y lo viejo del pollino? Si no quiere ir andando haga el favor de cerrar el pico. Mujeres, se creen capaces de mandar porque le paguen a uno. Con el dinero del marido. Pero el esposo no está. No está y ellas se creen que son dueñas de los dineros. ¡Y deje de mascullar, siempre mascullando! Cierre la boca si no se le reclama.
Pero ella ignoraba toda comanda presionando cada oportunidad, en especial cuando dejaba unos instantes la mirada perdida hacia el camino que dejaban atrás y algo en el aire la perturbaba.
Pues aquel aire parecía denso, perfumado. Pero sólo ella le otorgaba la importancia que era menester, la sensibilidad de una mujer arguyó el mercader que la tenía por una loca huyendo de algún marido rico o poderoso.
- Señor, esa mujer es una bruja. Pero mírela, lleva un libro encima. ¡Bruja, bruja!
- Debe tratarse un libro de su hombre, o un algún tipo de bien comercial o dispendio. Yo creo que es una casquivana huyendo del cónyuge, y se ha llevado a aquello que creía más valioso. Para venderlo a algún monasterio. Algunos libros valen una cantidad importante de oro. Después de todo, ¿cómo iba una mujer a leer?, ni que le pudiese servir de algo.
- Bruja, es bruja. Los libros están llenos de maldiciones, y hechizos.
- Cállate idiota, olvidas que la Biblia es un libro.
- Santas escrituras. Son santas escrituras –Se atrevió a agregar aquel goliardo que poco a poco se había acercado a aquellos dos en la trasera del carro.
- Ves, el padre ha hablado.
- Sólo estudioso, un goliardo tratando de aprender la palaba del altísimo; aún no he sido aceptado en orden alguna.
- Deberíamos echarla, es una hereje. Blasfema, bruja. Se le nota. Tiene los ojos perdidos, como idos.
- Yo creo que tiene unos ojos bonitos, y una hermosa figura. Con perdón de la expresión padre.
- Le repito, no soy padre. Y he de añadir que estoy de acuerdo. Tiene buenas caderas la moza.
El joven siervo calló, pues no se atrevía a contestarle a aquellos dos que parecían haber caído cautivados por aquella vil pagana amante de Belcebú. Un lobo aulló en la lejanía, una señal que confirmaba sin atisbo de duda que aquella era una ramera del diablo.
- ¿Y qué trae a un hombre santo por estos caminos tan peligrosos?
- Pues…
El carro se estremeció, interrumpiendo la mentira que estaba a punto de soltar por su bocaza para justificar su resaca y aquel viaje inesperado.
- Hija de mil putas.
- ¡Por lo clavos de Cristo!
- ¡¿Qué ha pasado?! ¿Por qué paramos?
- Parece que una de las ruedas se ha encallado en un socavón. Cosa sería. Estos caminos perdidos de la mano de Dios están hechos una mierda.
- ¿Qué haces parado maldito vago? Baja y haz el favor de ayudar al buen hombre con la rueda.
Aquel vitupero sorprendió al mozo, que quedó brevemente pasmado; no obstante un bofetón de su señor lo espabiló. Pero la ayuda del aquel joven lejos de mejorar la situación la empeoró, una pifia en toda regla al hacer palanca que provocó que uno de los radios se partiera.
- Cago en Santurce, llevarse a este inútil. ¡Qué nos va a dejar parados en este camino hasta que las ranas críen pelo!
- ¿Y ahora qué hacemos buen señor?
- Bueno, tengo aquí aparejos para arreglarlo, pero me llevará un buen rato. Una hora lo menos. Por suerte estamos cerca de la posada, el Cuervo Negro.
- Hermoso nombre, muy acogedor.
- Sí, andando no debe estar a más de un cuarto de jornada. Cojan sus cosas y esperen allí, es mejor pasar la noche bajo techo y con una buena chimenea.
- No es por desconfiar, pero ¿y cómo sé yo que no se marchará tras apañar este desaguisado dejándonos tirados a mitad de camino?
- Pues porque aún me deben la mitad del cobro al llegar. Que pronto usted olvida estas cosas.
- Cuando tiene razón se te da.
- Dejen pues de desconfiar lo que les dicta el destino y vayan hasta el Cuervo Negro.
- ¡Mozoooo! Recoge los bártulos que nos vamos.
- Como usted mande, aunque…
- Ni aunque ni aunca. Nos vamos.
Los pasajeros bajaron del carromato, el goliardo corrió de forma aparatosa hacia el límite del bosque buscando un arbusto en el que vomitar. Todos pensaron que un hombre de bien como él debía ser muy sensible a los traqueteos, y se habría mareado. Lo cual no era del todo incierto, pues la resaca no se llevaba bien con los vaivenes bruscos.
La mujer, demostrando su impaciencia, se adelantó sola agarrando con fuerza aquel libro que permanecía oculto entre las mangas de su túnica. El mercader, y su mozo con él, esperaron que el clérigo se repusiera para tomar juntos el camino hasta la posada dejando al conductor que gritaba lagartijas e improperios al aire mientras intentaba extraer la rueda dañada del eje. Pero aquel conductor tardaría lo que era necesario que debía tardar.
El mozo rezaba, y parecía inquieto ante cualquier mínima percepción de movimiento hostil alrededor de él. El mercader admitía que aquel bosque por la noche resultaba sin duda siniestro, no obstante no iba a permitir estremecerse por sombras sin más, animaluchos nocturnos, una bruma espesa que no dejaba ver el horizonte y unas temperaturas inusualmente bajas para la época. Pero tenía una voluntad de hierro capaz de tener éxito ante cualquier forma de miedo. El goliardo cerraba aquella escueta comitiva acompañaba en silencio, con la cabeza gacha y escupiendo algún tropezón que encontraba en la boca, de hecho el fresco le ayudaba a manejar las náuseas y la jaqueca, por suerte en su estado no estaba en disposición a prestar atención a nada que no fueran sus propias tripas y apenas le perturbó aquel tenebroso camino.
- Patrón, creo que ya se ve algo.
- Sí, debe ser eso.
- Pues vaya tugurio. Espero que al menos sirvan un buen vino.
- Ese sitio tiene unas pintas horribles. Deberíamos volver a la carreta. No me fío –y procedió a santiguarse.
- Tonterías. No pienso esperar calándome de frío en mitad del camino por los caprichos de un idiota. Entremos buen goliardo, que nos sirvan algo de comer y den de beber.
- Lástima que no tenga muchos dineros. La vida religiosa es austera.
- Descuide, que su beatitud me ha caído en gracia. Yo le invito. Dese un capricho.
- Quien soy yo para negar los víveres que me concede el señor –respondió con un brillo de gula en sus ojos.
- ¿Y a mí, señor?
- ¿A ti? Cerveza aguada y pan. Abrase visto. Se creen que pueden comer en la misma mesa que uno.
- Pues entonces no entro. Este lugar me da mala espina. Me duele la rodilla y es una clara señal de mal augurio.
- Es señal de gota y de estupidez. Quédese fuera acompañando a los insectos, ya entramos nosotros al calor de un buen fuego.
Y de esta guisa se separaron.
El mozo, inquieto, dirigiose a una pequeña caballeriza donde roían paja un par de buenos jamelgos. Apostándose en un montón de hojarazca algo húmeda sacó del pequeño morral algo de morcilla y pan duro y comenzó su particular banquete, con un ojo siempre puesto a cualquier cosa que se moviera y el otro a la navaja que estaba usando para cortar sus embutidos.
Olvidándose por completo de él, el goliardo y el mercader tomaron un sitio señorial frente al crepitante fuego, observando como la mujer de la túnica bermellón atraía las miradas de los hombres, los cuales permanecieron en sus mesas salvo por algún que otro que se perdía por las escaleras del fondo que daban a las habitaciones superiores donde los hombres se amontonaban en jergones para descansar en la noche. Un hombre orondo y sucio se les acercó para tomar la comanda con el entusiasmo de un pez muerto, a lo cual el mercader pidió un poco de estofado de conejo y unas gachas para el goliardo, así como un par de jarras de vino dulce que sirvieron en un santiamén.
El aire espeso en aquella habitación, con aquel toque perfumado que sólo percibía la mujer de rojo; con todo, al menos el frío había cesado y los tapices y pieles de las paredes configuraban cierto ambiente acogedor pero artificial.
- Valiente imbécil el mozo suyo. ¿No tenía otro más tonto?
- Cierto que es un jovenzuelo demasiado beato. A pesar de sus pocas luces es servicial. Y su padre trabajó bien para mí durante muchos años.
- ¿Espera que se enmiende? ¿De tal palo tal astilla?
- Espero, espero…
- ¿Y por qué no traerse directamente al padre?
- Murió, fue convocado a la leva y una herida se lo llevó tras unos días de fiebre.
- Dios lo tenga en su gloria.
El tabernero dejó los platos que llegaron en cubiertos y vajillas de metal. Algo inusual. Lo habitual era la madera, más barata y acorde a la clase de pordioseros que solían pisar aquel tipo de negocios. El goliardo atacó su plato sin titubear; en cambio el mercader más refinado le dio una cucharada, y le pareció completamente insípido.
- ¿Qué le inquieta? No le veo probando su estofado.
- No sé, creo que ese mequetrefe de mi mozo me ha contagiado su insensatez. Juraría que la gente de esta posada está muy callada.
- Mire las horas que son. Están cansados. Deje de imaginar cosas y coma, y beba, beba.
- Coma usted, yo creo que he perdido el apetito. ¿No nota usted como un cosquilleo?
- Es pecado desperdiciar la comida. Yo me comeré su estofado en nombre del señor, que no nos acusen de pecar en vano.
- Todo suyo. ¿Usted nota algo raro al sabor?
- Hombre, no es conejo de primera. Pero han sido generosos con la carne y no hay muchos mendrugos.
- No sé, no sé, y ese fuego. ¿No ve la leña?
- Sí, todo fuego tiene leña, es ley. Y esa es buena, de olivo. Me estoy llevando una grata sorpresa de este Cuervo Negro. Creo que me quedaré aquí a pasar la noche completa.
- Fíjese bien. Esas llamas sobre la leña… Parece no consumirse. Es como si no ardiese.
- Muy pronto para delirar cuando aún no se ha bebido ni media bota. Aquí no pasa nada, esta todo como Dios manda.
Un golpe sordo, y el sonido del metal estampándose. La mujer se levantó de un aspaviento arrojando su bebida al suelo y empujando al posadero que resistió estoico.
- ¡Veneno! ¡Veneno! Hay que salir de aquí. Nos ha encontrado. Salid. Salid. Rápido. ¡Todos moriréis aquí abajo!
Y acto seguido aquella mujer huyó despavorida. Ambos observaron inquietos aquel grotesco espectáculo. Aquella mujer estaba loca, o incluso como afirmaba el mozo, endemoniada. Pero el resto de feligreses de la taberna continuaron inalterables, manteniendo un antinatural silencio. Incluso el tabernero impertérrito ni siquiera se dignó a limpiar el estropicio.
Mientras tanto, nuestro valiente mozo había comenzado a deambular alrededor de la posada dudando a cada momento si aventurarse a entrar en la misma. Pero cuando juntaba una mijita de valor la piel se le erizaba, por unos instantes creía ver unas sombras que aparecían en los ventanucos de aquel edificio. Aquella construcción se erguía vieja, muy vieja, y demasiado robusta para una simple posada entre caminos.
Y aún más raro le pareció observar que los huertos alrededor no estaban labrados, rigiendo en ellos los matorrales y pedruscos, la tierra estaba apelmazada y la naturaleza las había tomado; cuando lo normal es la perenne presencia de cultivos o guarrapos y algunas buenas gallinas ponedoras con el fin de suministrar la demanda de la posada. ¿Cómo explicar aquel abandono? ¿Y aquel macabro pozo en el centro del que creyó oír un leve estertor espectral?
Entre aquellos desvaríos vio escapar a la mujer de rojo, gritando palabras sin sentido las cuales interpretó por algún tipo de blasfemia herética para corromper el alma de todos los buenos cristianos del hospedaje. La mujer se perdió entre la neblina, y su voz se extinguió en seco.
Volvió a las caballerizas, pues no iba a irse solo por aquel bosque maldito, mas seguía sin atreverse a entrar a aquel lugar. No obstante a su vuelta un pequeñajo de no más de seis años con unas ropas que le holgaban varias tallas estaba rellenando con agua los bebederos de los animales que parecían ignorar la reposición del valioso líquido. El mozo se abalanzó sobre él violentamente empujándolo contra el suelo y echándosele encima para que no pudiera escapar. Apretaba su cuello como si quisiera partirlo.
- ¿Dime qué mierda está pasando en este sitio? ¡Habla!
- Yo no sé nada señor, de verdad. Yo vengo aquí a trabajar sin más, como me dice mi padre.
- Habla, te digo que hables. Yo sé que tú sabes que yo sé que tú sabes lo que está pasando. Pues no está pasando lo que vemos que está pasando pero tú sabes que esta pasando detrás de lo que parece estar pasando. Lo sabes perfectamente. ¡Vasta de engaños!
- De verdad, suélteme. Habla usted muy raro y yo no sé nada… –el niño comenzó a llorar y a orinarse en los pantalones.
El mozo sacó su navaja y se propuso a torturar al niño.
- ¿Que qué? Espera, espera, para el carro Magdaleno.
- Te digo que torturo al niño.
- Vamos a ver alma de cántaro. Es simplemente un niño inofensivo llorando porque te le has echado encima y le estás hablando como un desequilibrado.
- Exacto. Y ahora procedo a iniciar una torturación.
- Felio, relaja un poco la raja, que te estás yendo.
- En la ficha pone que mi personaje tiene la habilidad de torturar. Pues la uso.
- Pero no a niños, que no eres Jack el destripador.
- Nada, yo torturo al crio. Comienzo a usar su cuello como afilador de navajas.
- Madre mía.
El mozo se dispuso a rajar al niño como si fuera a descabezar a un pollo en el matadero, la navaja perfilaba surcos sobre la piel del cuello de la pobre criatura cuyas lágrimas habían empapado por completo su camisa. Repentinamente se detuvo el llanto y esbozó una sonrisa contorsionada tras la cual aquel infante se esfumó entre sus manos como una voluta de humo, dejando tras de sí unos ropajes que ahora parecían mucho más viejos, como trapos embrutecidos.
Entonces todo alrededor sufrió una profusa metamorfosis. La neblina se convirtió en bruma de brea y el frío comenzó a abordar el tuétano de los huesos, donde hace unos segundos se encontraban dos robustos caballos únicamente quedaron los huesos enmohecidos de dos grandes animales, cuyos cráneos amorfos reposaban semisumergidos sobre el bebedero de agua pútrida y escarchada.
- ¡Toma, veis, veis! Yo sabía que algo pasaba, os lo llevo diciendo desde el principio. Vais a fiaros de este máster cabrón.
- Yo también te aprecio amigo mío. Bueno, vamos a ver, lince, mi trabajo es crear ambiente, una tensión, ¿o venís a pasear por un camino de flores y beber colacao?
- A ver. Rami, que sí, que tienes razón. Pero también te digo, te has pasado un poquito con las descripciones de las mujeres.
- Enrique, ¿esto a qué viene ahora? ¿Qué cojones les pasa a las descripciones?
- Son un poco… un poco machistas, ¿no?
- ¡¿Pero qué machistas ni que mierdas?!
- Que yo entiendo que estás un poco escocido porque Andrea te dejara hace unos meses, y de la forma que te dejó, que vaya espectáculo se montó; pero que no es para ser tan capullete.
- Primero, eso está superadísimo, ya sólo lloro por las noches y en las meriendas de los domingos…
- Por twitter, que bien a gusto te quedas.
- Y dooooos –prosiguió asesinando con la mirada al emisor de aquella interrupción-, me limito a usar la jerga y mentalidad de la época. ¿Mía es la culpa que en la edad medieval sean unos retrógrados? Joder, es historia. ¡Historia! Que no me lo estoy inventando yo, mirad en los libros.
- Muy histórico, muy histórico; pero bien que has metido la referencia de la reina roja con la frasecita….
- ¿Tú también Gonzalo? ¿Tú también? Joder, una lincensita de nada. Mi sello personal.
- Creo que, tal como metes licencias y mierdas de esas, si te cortas un poco a la historia no le va a pasar nada, sólo opino eso.
- Vale, muy bien. Soy un máster generoso y tomo en consideración vuestras quejas y postillas. ¿Contentos? Bueno, ¿seguimos con la partida o cojo las cosas y me voy?
- No hombre, sigue, sigue. Ya no te cortamos.
- A ver si es verdad. Bueno, pues por donde iba diciendo….
La oscuridad conquistó aquel cruce de caminos hasta el punto de hacer desaparecer la luna, las cálidas luces de las ventanas se sustituyeron por sombras cuyos movimientos parecían concebirles una forma de antinatural existencia. El mozo no pudo salvar su miedo y se cagó, literalmente, en los pantalones.
- Vamos, no me jodas. En serio vas a hacer que me cague encima.
- Si te sale un uno en el dado te jodes como Herodes.
- Vale, me acojono vivo; pero como para ir cagado...
- A llorar a la llorería Felio. Mientras tanto en el interior de la posada....
El joven clérigo estaba dando buen provecho del estofado cuando el último bocado le produjo una arcada que no pudo contener, escupiendo el contenido de su boca sobre la mesa. Un repugnante trozo de carne pútrida y ennegrecida en el que varios gusanos y moho daban algo de color. Como reacción instintiva y ante el espantoso sabor que aún invadía su lengua dio un buen sorbo de la copa de vino, pero repentinamente el licor estaba agriado y el hedor le penetró por las fosas nasales. Comenzó a vomitar...
- Espera, espera. Discrepo. Voy a tirar constitución a ver si aguanto.
- Bueno, no veo por qué no. Pero te advierto Gonzalo que es un sabor repugnante, es muy difícil que...
- Veinte en el dado. Mi goliardo se remata la copa con un leve aspaviento.
- Joder. Vale, te bebes el vino sin problema.
- ¿Queda comida en el plato?
- Quedar queda, pero lo que ves yo no lo llamaría comida. Es un mejunje verdusco y fétido repleto de insectos.
- Remato de comer el plato y rebaño. Que su buen dinero ha costado.
- Ufff... En fin. Como quieras. ¿Y tú Enrique?
- Yo creo que paso.
El goliardo dio cuenta de aquel desperdicio infecto y putrefacto bajo la incrédula mirada del mercader, el cual mantuvo la compostura ante todo lo que estaba pasando a su alrededor. El fuego crepitaba, no obstante el ritmo al que hondeaban las llamas se volvió lacónico y sobrenatural, bajo las flamas los leños comenzaron a congelarse y todo el calor de la habitación era absorbido por aquel extraño fuego fatuo. Todos los hombres y mujeres que merodeaban quedaron derrumbados sobre sus mesas, un rápido vistazo confirmó los misteriosos horrores que comenzaban a arremolinarse en la mente del mercader: Los cuerpos delgaduchos y pálidos estaban muertos desplomados sobre sus mesas, con los ojos blancos que parecían seguirle allá donde él se moviera. El mercader hincó sus rodillas al suelo desesperado, y empezó a rezar, pero nadie parecía atender a sus suplicas.
- Quita, quita, que no sabes. Deja que rece yo. Ya verás como a mí me escuchan los santos.
Las palabras sagradas del goliardo lejos de contener aquel mal que se estaba apoderando por segundos de la habitación parecían envalentonarlos, el clérigo comenzó a notar que algo le apretaba la garganta, el frío inundó sus pulmones y a mitad de su oración el aire le faltaba.
El mercader, al que comenzaban a entumecérsele las extremidades, se dirigió a la puerta, sin embargo a pesar de los golpes y tirones no cedía. Ni un palmo. Finalmente el horror había superado al mercader cuando...
- Tío, cuando piensas llamar a mi personaje por su nombre, es Bernabé, Bernabé Madrigal de Biton, mercader de Sagunto.
- Mira Enrique, yo voy a seguir diciendo la clase de tu ficha y punto, que muchos nombres son para estar recordándolos ahora.
- Le estas quitando la magia, no es inmersivo.
- Pa tocar los huevos sois inmersivos na más
Despavorido y a grito limpio el MERCADER cargaba contra la puerta en un vano intento por escapar; mientras el goliardo se asfixiaba, sus gestos de socorro parecían ser ignorados por el MERCADER.
- Tío, cuando voy yo. Que me estoy aburriendo.
- Un momento, un momento Felio, ahora voy contigo que tu mozo esta fuera de escena.
- Enga, dame un poco de chanza que quiero hacer algo.
- Uhhhh, malo, si este quiere hacer algo nunca es bueno.
- Ideas de bombero.
- Venga, te doy un break.
Mientras tanto fuera el mozo estaba limpiando sus pantalones con un poco de paja seca, por suerte el color terroso de la tela disimulaba cualquier resto que pudiese quedar. Un grito rompió al inquietante silencio, el bramido de su amo proveniente del interior. El buen mozo decidió prenderle fuego a aquel edificio.
- Tioooooo, ¡cómo se te ocurre eso!
- Córtate, que nosotros seguimos dentro.
- Yo lo único que sé es que ese edificio está maldito, que el clérigo está muriéndose y que el señor no puede escapar. Mejor quemar y solucionarlo todo. Muerto el perro se acabaron las pulgas.
- Estas haciendo metajuego cabrón, cómo va a saber el mozo esas cosas si no ha entrado.
- Pues la sabe, es muy intuitivo. De pequeño le echaban el tarot.
- Mira, eres mayorcito y no voy a discutir contigo; pero yo te recomendaría que intentaras ayudarles o algo, prueba a entrar o buscar ayuda, o...
- Nada, nada, le prendo fuego. Fueeeeego a todo.
- ¡Eres un pedazo mierda!
- He dicho fuego, y fuego va a ser.
- Cómo quieras.
El cruel y perverso mozo de pantalones hediondos estaba decidido a incinerar por completo el mal de aquella casa, así que se dispuso a prenderle fuego. Buscó en su morral su yesquero, lo cual le ocupó como unos minutos.
- ¿Minutos? Que es sacar un mechero de la bolsa.
- Sí, he dicho minutos y son minutos. Y san se acabó.
Viendo que resultaba imposible echar aquella puerta bajo, y alarmado al fin por los aspavientos de su compañero el mercader acudió en su auxilio; el pobre goliardo comenzaba a ponerse azul y sus fuerzas flaqueaban al punto que se había tendido junto a las escaleras. Trató de reanimarlo golpeándole en la espalda y masajeándole, mas no era barbero y nada sabía de primeros auxilios. En un breve estertor de conciencia el goliardo extrajo de un bolsillo una pequeña cruz y se la echó al pecho, y el mercader sin nombre ni apellido, pues todos le conocían por el mercader, desesperado lo acompañó en el rezo.
Y el calor volvió a aquella habitación por unos segundos, y el aire más liviano comenzó a penetrar en los pulmones del clérigo que rápido recuperó el tono de piel. Pero la penumbra retomó prontamente su territorio, y los fuegos fatuos volvieron drenar todo ápice de calor.
Por su parte, el lerdo mozo que ya había encontrado su yesquero comenzó a elaborar con suma tranquilidad y parsimonia una antorcha, para lo cual buscó un madero, un trozo de trapo de sus propias vestimentas y paja de la caballeriza. Lo cual le llevaría al menos un buen tiempo, tanto como la historia necesite.
Ambos hombres viéndose atrapados optaron por forzar las ventanas, encontrando todas firmemente atrancadas y nada que les permitiera hacer un mínimo de palanca. Algunos de aquellos cadáveres en ocasiones amagaban con convulsionar, amenazando por reanimarse henchidos por el mismísimo demonio a lo cual acudía raudo el goliardo a tratar de contener el mal con sus plegarias y oraciones en una especie de exorcismo improvisado.
El mozo haragán había fabricado una rudimentaria antorcha, se detuvo un momento a pensar cómo se debía utilizar un yesquero, pues producto de la cagarina había olvidado por completo el uso de cualquier tipo de útil o herramienta, de hecho se le había olvidado hasta cómo pensar.
- Me estas dejando al personaje por imbécil perdido, deja que le prenda fuego ya.
- Tú fuiste el que le bajaste inteligencia a tu personaje para ponerte puntos en tortura. Pues a callar.
- Pero...
- Chitón.
El primero en levantarse fue el posadero, con el cuerpo lánguido y contorsionando su extremidades con movimientos que contravenían las rotación natural de las articulaciones. Sus ojos vítreos clavados en aquellos dos hombres aterrados. Desesperado el goliardo le acercó la cruz y comenzó a rezar.
- Santa María de Guadalupe, mística rosa, intercede por la iglesia.
Pero el cadáver ignoró aquella letanía, abalanzándose sobre ellos.
- Joder, joder, joder, corre, corre. Santas piernas para que os quiero.
El cernícalo del mozo finalmente había logrado usar el yesquero, y la antorcha ardía conteniendo la densa neblina e iluminando fulgurosa la fachada de aquella edificación. Las ventanas tapiadas, las paredes desechas repletas de pequeños agujeros, el moho y una maleza muerta y abarrota de espinas aprovechando los huecos y sombras que sólo podían justificarse por la voluntad del mismo Satanás. Aquella estampa distaba mucho del, ya de por si sombrío, tugurio que encontró en un principio, resultaba incluso más espelúznate y descorazonador. La antorcha empezó a quemarle los dedos, así que al fin la arrojó al chamizo de paja que todavía recubría el tejado, prendiendo al instante. El mozo se sentó en el suelo a contemplar su obra. La obra de un buen cristiano. Un profesional entre los tontos del culo.
Dando por perdido el camino de la fe y la oración, el goliardo y el mercader se lanzaron por la única vía de escape visible: las escalares que subían. Un espeso humo descendía y el techo resplandecía con los colores cobrizos de un incendio que se estaba propagando raudo. Se detuvieron en el último escalón, pues frente a ellos, en el estrecho espacio de un pasillo, se erguía un pequeño niño que lloraba frente a ellos, pidiendo socorro a lágrima viva. Su tez pálida contrastaba con el fondo rojizo pardo de las llamas. Desde el piso inferior una horda de no muertos se amontonaba y subía con torpeza las escaleras.
El goliardo no dudo y pateó aquel niño.
- Espera, ¿pateas al niño? ¿Así por las buenas?
- Por las buenas nada, mira, visto lo visto en esta posada yo cojo y pateo al niño, que está en medio y molesta.
- Pero si es un niño de verdad.
- Mira, niño que se ahorran en el orfanato. Vamos, que cargo como un rinoceronte en celo con el culo untado en jalapeños y apunto la patá al pecho, como si fuera un balón de rugby.
Arremetió contra aquel infante inocente con tal potencia y decisión que salió despedido hasta chocar violentamente contra la pared incendiada que devoró al niño dejando un grito desgarrador antes de esfumarse. Ambos hombres, ignorando cualquier resquemor de merecida culpabilidad, se internaron en la primera habitación que encontraron; el fuego estaba devorándolo todo y el techo se desmoronaba sobre ellos. La horda de cadáveres avanzaba ignorando el dolor y el olor a carne quemada.
Por divina providencia el incendio había provocado que algunos de los tablones que tapiaban las ventanas cayeran, dejando algo más vulnerable la estructura. Tanto el mercader como el goliardo cargaron al unísono contra ella destrozándola y precipitándose al exterior; por fortuna ninguno de ellos sufrió daños, pues cayeron sobre el cuerpo del mozo que se había quedado disfrutando de un tentempié mientras la casa ardía con sus compañeros en el interior. El mozo murió en el acto y para siempre.
- ¡Venga ya! No seas cabrón.
- Habló, el de las torturas y los fueguitos.
- Al menos déjame tirar o algo, a ver si salvo reflejos o constitución.
- Vale, está bien, está bien...
Fue un amago, al pronto el mozo se recobró del golpe, con algunos rasguños, como si de doce daños de golpe se trataran. Y en ese momento, por conveniencia del guion, emergió por el camino el buen carretero que finalmente había logrado reparar la rueda.
- ¡Demonios y retruécanos! ¿Qué ha pasado aquí?
- Mire, estas cosas no tienen explicación, sólo pueden ser vividas.
- Este lugar estaba endemoniado. Endemoniado. Niños malignos, seres de ultratumba y sombras. Y un pozo malrollero.
- ¡No! Yo sé lo que pasó –dijo una figura que se dibujaba entre la neblina. Sus ropajes carmesís la identificaron rápidamente.
- ¿Ah, sí? Sabia dama, explíquese. Exponga sus argumentos.
- Resulta que este tratado es el culpable –contestó mostrando aquel libro de cuero con esmeraldas engarzadas-, se trata del Tratactus Tempus Sanguinem, un libro escrito con la misma sangre de los apóstoles que...
- Mira, en verdad a mi mozo y a mí nos da absolutamente igual toda esta cháchara, nosotros nos volvemos a Sagunto.
- Pero esperen, no pueden irse, nadie puede escapar de los malignos designios que persiguen a los que se acercan a este libro.
- ¿¡Qué no podemos irnos!? Mire que fácil, cojo una pierna y después la otra, así sucesivamente hacia el lado contrario. Mozo, vámonos.
- Completamente de acuerdo señor.
- Barnabás, ¿no tienen curiosidad por saber...?
- Ni una pizca. Y me llamo Bernabé.
- ¿Y el contrato de pieles?
- Prefiero dedicarme a cultivar chirivías y remolachas.
- Y yo con usted señor, yo con usted.
- Por supuesto, y ya discutiremos eso de quemar al patrón vivo. Ya lo discutiremos…
- Al menos usted señor goliardo, como hombre de fe querrá saber más sobre este herético libro, y como vencer el mal que arrastra.
- Mira, la verdad es que yo lo único que quería es beber, dormir y practicar la jodienda con usted. Pero tengo un mal cuerpo con todo esto. Debe ser el estofado. Si me disculpa he de ir a la hondonada a hacer de vientre.
- Pero... Pero, señores esto… este libro puede ser el inicio de una larga aventura de peligros, conocimiento y fortuna, forjando una eterna amistad por el camino y librando al mundo de un terrible mal. Oye, chicos, ¡qué alguien se quede por Dios!
- Mira, cuando vengan los del seguro de la posada les reclamas a ellos. Nosotros hemos acabado aquí. A más ver.
Y de esta manera aquellos tres personajes tomaron sus respectivos caminos de vuelta, olvidando por completo lo acaecido en aquel cruce de caminos, sus propias metas iniciales para con aquel viaje a Zaragoza y jodiendo una larga campaña que el máster se había preparado y que se vio de esta trágica forma amputada.
- ¿Contentos?
- Sí, creo que nuestros personajes han obrado con sabiduría, ¿a ellos que más les daba esos rollos raros? Son gente vulgar.
- No, si ya, ya... Va a preparar otra partida para vosotros Peter.
- Eres un dramas macho.
- Por cierto, en el camino de vuelta cinco volcanes, una tromba de meteoritos, siete tormentas eléctricas, media docena de testigos de Jehová y las cien plagas del apocalipsis azotan al mercader y al mozo que perecieron sin posibilidad alguna de salvación o defensa; siendo violados, adoctrinados, defenestrados, torturados y asesinados, en este orden.
- ¡Rencoroso!
- Ah, y el goliardo murió por un ataque agudo de diarrea explosiva y complicaciones derivadas de siete venéreas diferentes.
- Un final noble para un personaje noble. Bueno, recogemos un poquito esto y nos vamos a tomar unas birritas, ¿no?
Rami los mató a todos con la mirada con un mutismo más espeluznante que toda aquella estrambótica historia de aquelarre y terror medieval, para finalizar con un simple y distinguido:
- Iros todos a la mismísima mierda
-L

